La Bella Desconocida

Con treinta y dos años cumplidos, esta en una época de mi vida, en la que pasaba la mayor parte del día recorriendo las galerías de arte de la ciudad, visitando museos y exposiciones de arte contemporáneo. Y por las noches me sumergía en los burdeles de los barrios menos recomendables del extrarradio parisino, en donde reclutaba chicas para que posasen en mi taller de pintura.
Ya por aquel entonces, había renunciado a la idea de ser un gran pintor, y a ver mis cuadros colgados de las paredes del Metropolitan de Nueva York o en algunos de los museos que tiene repartidos la Fundación Guggenheim por el mundo, o quien sabe si formando parte de alguna prestigiosa colección de arte moderno. Lo cierto era, que la única persona que seguía creyendo en mi talento artístico, era mi acaudalada y nonagenaria abuela, la cual siempre me había mal criado y ahora no era menos. Por lo que seguía interpretando el papel de artista bohemio en el Barrio Latino de París. De forma que una vez al mes recibía una nada despreciable asignación de su parte. Ella creía que aun podía ser uno de los grandes pintores del recién iniciado siglo XXI. Creo que era la única que creyó alguna vez en mi talento.
Cierto día, acudí como era costumbre en mi, a una antigua estación de ferrocaril habilitada como galería de arte. En la que un pintor holandés exponía sus cuadros psicodélicos. Nada que mereciera la pena ver, excepto unas burdas imitaciones de cuadros de Dalí, dicho sea de paso. De forma que después de dar un par de vueltas y de haberla visto a ella, allí sentada. Con esa mirada agresiva y cautivadora de las mujeres que saben lo que quieren conseguir y no escatiman esfuerzos ni medios para ello. Desde luego eso fue lo que más me gusto de la bella desconocida.
Me quede observándola durante unos minutos, los mismos que ella tuvo centrada su atención en el vacío. Hasta que de repente se levantó y fue hacía la salida. En el suelo, junto al lugar donde había estado sentada la cautivadora desconocida, había una bolsa negra de viaje, bastante deteriorada, la cual intuí que olvidaba. Apenas la vi salir por la puerta, agarré la bolsa y fui tras de ella.
La seguí por las tortuosas y estrechas callejuelas del extrarradio parisino, estando varias veces a punto de perderla. Hasta que la divisé a lo lejos entrando en un parque. Saltándome un semáforo en rojo corrí hacia ella, alcanzándola junto al estanque que había en el parque.
Puse la mano en su hombro, y le enseñe la bolsa que había dejado olvidada en la antigua estación de tren, reconvertida ahora en galería de arte. Al ver la bolsa que le mostraba. El color rosado de su cara, empalideció de repentinamente. Agarró la bolsa de un tirón arrojándola al estanque, al tiempo que salió huyendo.
- ¡Eh! ¿Por qué hace eso? –exclamé.
La bolsa se hundía en el agua y yo no sabía que hacer ante tal reacción, de la bella desconocida. Decidí perseguirla nuevamente.
- Espere, por favor.
Ella se volvió y sin darme tiempo a reaccionar abofeteo mi cara. Rasgando sus uñas la piel de mi rostro. La sujete fuertemente por la muñeca y dije:
- ¿Qué demonios significa esto? ¿Eh? ¿Me lo puedes explicar? –Pregunté.
- Si tanto te interesa saberlo, ¡imbécil! ¿Por qué no vas a comprobar lo que hay en la bolsa? –dijo ella soltándose bruscamente.
Mirándome fijamente, como si de repente toda su ira se hubiera evaporado. Con un movimiento de su cabeza me señaló la esquina de la plaza y dijo secamente:
- Te espero en ese bar.
La miré desconcertado mientras ella se alejaba. Fui al estanque, con el firme propósito de rescatar la bolsa para ver su contenido y, con esa intención me introduje en el agua. Cuando descorrí la cremallera, quede petrificado: una carga explosiva sujeta a un temporizador. La dejé caer al suelo y me aparté de un salto. Pasados unos minutos deduje que el mecanismo debía de haberse estropeado al contacto con el agua. Recogí la bolsa con la intención de dejarla abandona en un contender de basura.
Pregunte al camarero de detrás de la barra, si había visto a la bella desconocida.
- ¡Ah! Es usted –me dijo- Ella se ha ido, pero quiere que me deje su número de teléfono. Yo se lo daré cuando vuelva a pasar por aquí. Ella le llamará. Se lo aseguro.
A pesar de lo extraño que pueda parece accedí, a la pretensión del camarero, no se muy bien por qué. Lo cierto es que lo hice, tal vez, porque deseaba volver a verla.
Un para de semanas más tarde recibí su llamada. Quedamos citados en una pequeña plazoleta cerca de Notre Dame. Ella me condujo hasta un café en el cual estuvimos charlando largo rato. Me estuvo contando, que no había querido quedar en el bar, por si se presentaba la policía. Que había, pensado que era mejor dejar pasar unos días para ver si yo la había denunciado o no. Como no había sucedido nada de esto, se había decidido por fin a llamarme.
Le pregunté por las bombas que contenía la bolsa de días antes. Y ella me hizo partícipe de sus ideales anarquistas. Me habló de su deseo de combatir la vulgaridad y mediocridad de nuestra sociedad, en especial la de la clase media de un modo violento. Pretendía, a base de pólvora. Acabar con las mediocridades de nuestra civilización adicta a una cultura enlatada. Quería tornar la vida sosa y rutinaria de miles de personas, en el proyecto más fantástico, e irrealizable diría yo; de convivencia que la humanidad jamás hubiera conocido a través de los tiempos.
No sé, si yo por haber nacido en una acaudalada familia de la alta sociedad barcelonesa, o si era por otro motivo; no entendía nada de lo que ella postulaba. Pero decidí seguirle la corriente, pues deseaba fervientemente convertirla en mi musa, en el objeto de mi inspiración y de mi deseo. O si se prefiere decirlo de otro modo, meterla en mi taller y de paso en mi cama.
Para conseguirlo no tuve más remedio que adherirme a su ideología, y lo que es aún peor, a la práctica de actos terroristas contra el orden establecido.
Ambos, sabíamos sobradamente que toda aquella verborrea ocultaba otro afán secreto; que no era otro, si no poner bombas por pura y llana diversión de ver cosas y personas volando por los aires.
Me parecía que en el año 2004, y apunto de ser puesta en vigor la primera Constitución Transnacional de la historia, la cual vincularía de un modo hasta ahora inaudito y desconocido en los países de la Unión Europea. Esas ideas y esos planteamientos, ya no tenían cabida en la sociedad actual y en la que nueva que se pretende construir. Eran como vivir de un viejo sueño romántico de cien años atrás.
En los meses que estuve enamorado de ella la retrate desnuda junto a los más variados artefactos explosivos. Los mismos que luego eran colocados en los sitios más concurridos. Por cierto bombas, que por un motivo u otro rara vez explotaban. Cuando no fallaba el mecanismo, era la carga explosiva que no estaba en condiciones. Las más de las veces no podíamos colocarlos porque los lugares estaban cerrados. En otros casos el lugar y la hora eran los adecuados, pero no había lugar donde esconderlo. Y hasta en una ocasión nos quitaron la bomba, unos niños.
En fin, nunca teníamos éxito. Hasta que un día decidimos colocar una en un cine. Pero durante la proyección la bomba tic-tabeaba por lo que los espectadores protestaron, por lo que no pudimos dejarla. Intentamos desactivarla en un restaurante chino en que paramos a cenar. No era cosa de despreciar la dinamita. Pero enseguida volvimos a ponerla en marcha, pues nos pareció que el lugar prometía. Sin embargo tuvimos mala fortuna. La carga explosiva estalló en cinco segundos. Y entre rollitos de primavera y pollo agridulce, la explosión nos llevó directamente a las bajuras del Averno, donde nos presentaron, al terrorista de los terroristas, al mismísimo demonio.
Un tipo curioso este, que se mostró interesado por nuestras habilidades. El muy geta quería contratar nuestros servicios, por todo el morro. Quería que pusiéramos unas cuantas “bombitas” de nada por la tierra, y le llenáramos el infierno de pobres mortales. Pues desde que Dios había decidido perdonar al hombre por el Pecado Original. Los demonios se habían quedado para vestir santos y nunca mejor dicho.

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