Luisa
El felino observó cómo la vetusta anciana se levantaba de la cama y cómo, con sus lentos y torpes movimientos, se dirigía al cuarto de baño, situado al final del pasillo, donde abre el grifo y se humedece la cara, se coloca la dentadura postiza, se peina y coloca prolijamente la toalla en su sitio. Se dirige a la cocina y coloca la cafetera al fuego y dos rebanadas de pan en el tostador. Mientras espera a que su desayuno esté listo, busca en una caja de madera lacada en azul, que contiene su “bolsa de los remedios”, de la que saca una pastilla. Pone agua en un vaso y bebe la mitad, junto con la pastilla.
- ¡Saben a rayos! –dice para sí.
Mientras espera oír el silbido que anunciará que el café está a punto, busca su caja de labores y se sienta a tejer junto a la estufa. Gira la vista en busca de su gato que, tumbado plácidamente sobre la alfombra, espera que le llegue el turno de desayunar.
- Hola gatito –dice-, no me he olvidado de ti.
Habían pasado dos años, o tal vez tres, desde que, un frío día de invierno, el felino apareció en el umbral de su puerta, y ella le dejó entrar como si fuera su mascota de toda la vida. Apenas si tardó en encariñarse con aquel cachorro de gato; a pesar de lo cual aún se resistía a la idea de darle un nombre; pues pensaba que el día menos pensado, desaparecía tal y como había venido.
El silvido de la cafetera y el clinc del tostador indicaron que el desayuno estaba casi preparado. Se levanta y vuelve lentamente hacia la cocina. Apaga el fogón, sirve el café, ya sólo falta untar la mermelada de albaricoque sobre las tostadas. Pero antes, un poco de leche para el paciente animal, el cual se está refregando por sus piernas, anunciando que tiene hambre.
- Si no fuera por el gato…. –dice, sin terminar la frase.
Suena el teléfono e intenta apresurarse, pero no llega.
- Si es algo importante, volverán a llamar –piensa en voz alta, sin mucha convicción.
Junto a la mesa del teléfono, sobre el aparador están sus viejas fotografías, recuerdos de épocas pasadas y felices. Y, sin saber cómo, se descubre con una balleta en la mano, quitándoles el polvo (se dice que siempre lo olvida, cuando hace la limpieza por la mañana). Son aproximadamente una veintena, puestas en bellos y variados portarretratos. Hay, también, dos elefantes de cerámica, de diferentes tamaños, con sendo billetes de cinco euros enrollados en la trompa y mirando hacia la calle, y un rosario colgado en la pared, enmarcando una imagen del Sagrado Corazón.
A los pocos minutos vuelve a sonar el teléfono. Está cerca todavía y llega a tiempo.
- Diga, ¿Quién es? –pregunta agitada.
- Soy yo, Luisa, ¿me recuerdas? –dice una voz, que ella no reconoce, pero nota que se trata de una voz perteneciente a un joven.
- ¿Quién es? –Insiste la anciana-. No le oigo…
- Yo -insiste la voz-, Alberto…
La anciana se toma un instante antes de responder.
- No conozco a nadie que se llame Alberto –dice cortante.
- Pero, cómo no, Luisa. A la entrada de la facultad me prometiste que me esperarías en la plaza, junto a nuestro árbol.
- Ay…no puede ser…-balbucea-, Alberto… no puede ser…-dice, exhalando un suspiro.
- Por favor, Luisa, te estoy esperando y hace frío.
-… ¡AY! Dios.
Una voz quebrada surge de la garganta de la anciana y, dos lágrimas comienzan a surcar su arrugado rostro en dirección a su barbilla.
Las tostadas han estado deliciosas y el café con un aroma muy intenso. La televisión, encendida, tiene el volumen al mínimo y se oye, casi de fondo, como si de una emisión de radio se tratase. La anciana deja a un lado el punto y se dirige a la cocina; mientras, su gato la observa, sin moverse de la caja que le hace las veces de cama. Poco después, ella regresa con la lentitud de movimientos que dan los años. Al pasar junto al aparador vuelve a mirar sus viejas fotografías, posa su vista en una en la que ella está junto a su marido, muerto a los pocos meses de su boda. Junto a la foto de sus nietos, cuando aún eran unos bebes, hay otra en la que ella esta junto a su hija y su yerno el día de su boda. La que está en el extremo del mueble es de cuando estaba cuarto curso del colegio.
- Y ese es Alberto… -se dice y sus ojos, soñadores, viajan en el tiempo-. ¿Qué habrá sido de él?
La anciana vuelve a sentarse abstraída en sus recuerdos. Siente que su estado de ánimo se modifica y esto la asusta. Durante más de cuarenta años, a diario, había mirado infinitud de veces esas fotografías; nunca hasta ahora la habían empujado hacia el pasado, solo le habían hecho compañía. Hasta el día de hoy, se había sentido cómoda en su soledad; pero ahora había algo que mermaba su tranquilidad; la forma de recordar era diferente.
- ¡Cómo duelen los recuerdos! –dice para sí en un suspiro y se pregunta si las fotografías no vienen a ocultarlos, antes que a removerlos.
Pasado un rato, abandona de nuevo su labor de punto. Está bastante avanzada, se dice, en un par de días uno de mis nietos lucirá un nuevo jersey. Es suficiente por hoy, estoy cansada.
Vuelve a sonar el teléfono.
- Diga…
- Hola Luisa, soy yo otra vez.
- Pero, ¿Quién eres?-pregunta.
- Luisa, te lo ruego –insiste la voz-, ven aunque solo sea para decir que no me amas. Lo entenderé; pero, por favor no me dejes sin respuesta.
La anciana, que no logra reponerse, alcanzar a hilvanar una pregunta:
- Jovencito ¿qué edad tienes?
- Vamos, Luisa, ¿qué clase de pregunta es esa? Sabes perfectamente cuantos años tengo. Sabes que estoy en tercero de historia, igual que tu. ¿Vienes?
- Es tan tarde… -duda la anciana.
- ¿Están tus padres en casa, Luisa? –la voz hace un silencio y agrega:- ¿o sigues saliendo con ese tonto de quinto curso?
- OH, no, no –se apresura a responder-, él ya…
- Te amo Luisa, y sólo te pido que vengas a darme una respuesta. Lo prometiste…
La anciana echa a llorar, desconsolada.
- ¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto? –pregunta dolida. El auricular del teléfono se le cae de la mano.
Al anochecer, la anciana recalienta la comida del mediodía. Ha estado recordando cosas, tal vez de más, hacía tanto que no recordaba su pasado. Absorta en sus recuerdos, no se percata de que la comida se le ha quemado. No importa, piensa, al darse cuenta, se prepara un vasito de vino y gaseosa. El gato vuelve a refregarse por sus piernas.
Saca la botella de la leche del frigorífico y pone un poco en el cuenco del animal. El gato casi la hace volcar cuando se agacha a dejar el cuenco en su rincón. Luego termina de preparar la cena. Suena el teléfono de nuevo, y la anciana se sobresalta. Por unos momentos vacila si contestar o no. El teléfono no deja de sonar, es insistente. Cuando por fin descuelga el auricular, la voz dice:
- Luisa, por favor, hace frío y estoy cansado. ¿Vas a venir….
La anciana a duras penas logra contenerse.
- ¿Es que usted no entiende? –dice abatida-. Usted busca a una niña y yo… ya tengo noventa años.
- ¡Luisa! –dice la voz-, nada de eso me importa. Confía en mí y solo ven a verme. ¿Sabes dónde estoy…
La anciana duda por un instante. Sus pensamientos son confusos. Mira de nuevo, las fotografías amarillentas por el paso de los años; las flores, marchitas unas, de plástico, las otras; los adornos silenciosos, inertes, ajados… Mientras, su mano desciende lentamente, dejando caer el auricular del teléfono; sonrisas y gestos de tristeza se esbozan alternadamente en su rostro. Viaja con rapidez por todos sus recuerdos, que se agolpan caóticamente en la memoria. Sus pensamientos realizan un largo y extraño periplo, que sólo comprende a medias. Acosada ahora por sentimientos que creía olvidados, piensa en los años que le restan de vida (¿tendría la fortaleza suficiente para afrontarlos?) y considera su soledad desde esta nueva perspectiva. Entonces, temerosa de perder la comunicación, se aferra al teléfono y lo vuelve a levantar.
- Está bien –dice al fin-, espérame –y cuelga.
Se dirige al cuarto de baño, se arregla, ata sus grises cabellos en una coleta. Cambia sus ropas, se pone su mejor vestido y su mejor par de zapatos, esos que sólo usa los domingos; con un abrigo encima vuela escalera abajo.
Al llegar a la puerta de entrada, una voz intenta detenerla:
- ¿A dónde vas, Luisa? Ya es algo tarde, ¿no crees?
- No del todo… -responde.
Abre la puerta y se pierde en la noche.
- ¡Saben a rayos! –dice para sí.
Mientras espera oír el silbido que anunciará que el café está a punto, busca su caja de labores y se sienta a tejer junto a la estufa. Gira la vista en busca de su gato que, tumbado plácidamente sobre la alfombra, espera que le llegue el turno de desayunar.
- Hola gatito –dice-, no me he olvidado de ti.
Habían pasado dos años, o tal vez tres, desde que, un frío día de invierno, el felino apareció en el umbral de su puerta, y ella le dejó entrar como si fuera su mascota de toda la vida. Apenas si tardó en encariñarse con aquel cachorro de gato; a pesar de lo cual aún se resistía a la idea de darle un nombre; pues pensaba que el día menos pensado, desaparecía tal y como había venido.
El silvido de la cafetera y el clinc del tostador indicaron que el desayuno estaba casi preparado. Se levanta y vuelve lentamente hacia la cocina. Apaga el fogón, sirve el café, ya sólo falta untar la mermelada de albaricoque sobre las tostadas. Pero antes, un poco de leche para el paciente animal, el cual se está refregando por sus piernas, anunciando que tiene hambre.
- Si no fuera por el gato…. –dice, sin terminar la frase.
Suena el teléfono e intenta apresurarse, pero no llega.
- Si es algo importante, volverán a llamar –piensa en voz alta, sin mucha convicción.
Junto a la mesa del teléfono, sobre el aparador están sus viejas fotografías, recuerdos de épocas pasadas y felices. Y, sin saber cómo, se descubre con una balleta en la mano, quitándoles el polvo (se dice que siempre lo olvida, cuando hace la limpieza por la mañana). Son aproximadamente una veintena, puestas en bellos y variados portarretratos. Hay, también, dos elefantes de cerámica, de diferentes tamaños, con sendo billetes de cinco euros enrollados en la trompa y mirando hacia la calle, y un rosario colgado en la pared, enmarcando una imagen del Sagrado Corazón.
A los pocos minutos vuelve a sonar el teléfono. Está cerca todavía y llega a tiempo.
- Diga, ¿Quién es? –pregunta agitada.
- Soy yo, Luisa, ¿me recuerdas? –dice una voz, que ella no reconoce, pero nota que se trata de una voz perteneciente a un joven.
- ¿Quién es? –Insiste la anciana-. No le oigo…
- Yo -insiste la voz-, Alberto…
La anciana se toma un instante antes de responder.
- No conozco a nadie que se llame Alberto –dice cortante.
- Pero, cómo no, Luisa. A la entrada de la facultad me prometiste que me esperarías en la plaza, junto a nuestro árbol.
- Ay…no puede ser…-balbucea-, Alberto… no puede ser…-dice, exhalando un suspiro.
- Por favor, Luisa, te estoy esperando y hace frío.
-… ¡AY! Dios.
Una voz quebrada surge de la garganta de la anciana y, dos lágrimas comienzan a surcar su arrugado rostro en dirección a su barbilla.
Las tostadas han estado deliciosas y el café con un aroma muy intenso. La televisión, encendida, tiene el volumen al mínimo y se oye, casi de fondo, como si de una emisión de radio se tratase. La anciana deja a un lado el punto y se dirige a la cocina; mientras, su gato la observa, sin moverse de la caja que le hace las veces de cama. Poco después, ella regresa con la lentitud de movimientos que dan los años. Al pasar junto al aparador vuelve a mirar sus viejas fotografías, posa su vista en una en la que ella está junto a su marido, muerto a los pocos meses de su boda. Junto a la foto de sus nietos, cuando aún eran unos bebes, hay otra en la que ella esta junto a su hija y su yerno el día de su boda. La que está en el extremo del mueble es de cuando estaba cuarto curso del colegio.
- Y ese es Alberto… -se dice y sus ojos, soñadores, viajan en el tiempo-. ¿Qué habrá sido de él?
La anciana vuelve a sentarse abstraída en sus recuerdos. Siente que su estado de ánimo se modifica y esto la asusta. Durante más de cuarenta años, a diario, había mirado infinitud de veces esas fotografías; nunca hasta ahora la habían empujado hacia el pasado, solo le habían hecho compañía. Hasta el día de hoy, se había sentido cómoda en su soledad; pero ahora había algo que mermaba su tranquilidad; la forma de recordar era diferente.
- ¡Cómo duelen los recuerdos! –dice para sí en un suspiro y se pregunta si las fotografías no vienen a ocultarlos, antes que a removerlos.
Pasado un rato, abandona de nuevo su labor de punto. Está bastante avanzada, se dice, en un par de días uno de mis nietos lucirá un nuevo jersey. Es suficiente por hoy, estoy cansada.
Vuelve a sonar el teléfono.
- Diga…
- Hola Luisa, soy yo otra vez.
- Pero, ¿Quién eres?-pregunta.
- Luisa, te lo ruego –insiste la voz-, ven aunque solo sea para decir que no me amas. Lo entenderé; pero, por favor no me dejes sin respuesta.
La anciana, que no logra reponerse, alcanzar a hilvanar una pregunta:
- Jovencito ¿qué edad tienes?
- Vamos, Luisa, ¿qué clase de pregunta es esa? Sabes perfectamente cuantos años tengo. Sabes que estoy en tercero de historia, igual que tu. ¿Vienes?
- Es tan tarde… -duda la anciana.
- ¿Están tus padres en casa, Luisa? –la voz hace un silencio y agrega:- ¿o sigues saliendo con ese tonto de quinto curso?
- OH, no, no –se apresura a responder-, él ya…
- Te amo Luisa, y sólo te pido que vengas a darme una respuesta. Lo prometiste…
La anciana echa a llorar, desconsolada.
- ¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto? –pregunta dolida. El auricular del teléfono se le cae de la mano.
Al anochecer, la anciana recalienta la comida del mediodía. Ha estado recordando cosas, tal vez de más, hacía tanto que no recordaba su pasado. Absorta en sus recuerdos, no se percata de que la comida se le ha quemado. No importa, piensa, al darse cuenta, se prepara un vasito de vino y gaseosa. El gato vuelve a refregarse por sus piernas.
Saca la botella de la leche del frigorífico y pone un poco en el cuenco del animal. El gato casi la hace volcar cuando se agacha a dejar el cuenco en su rincón. Luego termina de preparar la cena. Suena el teléfono de nuevo, y la anciana se sobresalta. Por unos momentos vacila si contestar o no. El teléfono no deja de sonar, es insistente. Cuando por fin descuelga el auricular, la voz dice:
- Luisa, por favor, hace frío y estoy cansado. ¿Vas a venir….
La anciana a duras penas logra contenerse.
- ¿Es que usted no entiende? –dice abatida-. Usted busca a una niña y yo… ya tengo noventa años.
- ¡Luisa! –dice la voz-, nada de eso me importa. Confía en mí y solo ven a verme. ¿Sabes dónde estoy…
La anciana duda por un instante. Sus pensamientos son confusos. Mira de nuevo, las fotografías amarillentas por el paso de los años; las flores, marchitas unas, de plástico, las otras; los adornos silenciosos, inertes, ajados… Mientras, su mano desciende lentamente, dejando caer el auricular del teléfono; sonrisas y gestos de tristeza se esbozan alternadamente en su rostro. Viaja con rapidez por todos sus recuerdos, que se agolpan caóticamente en la memoria. Sus pensamientos realizan un largo y extraño periplo, que sólo comprende a medias. Acosada ahora por sentimientos que creía olvidados, piensa en los años que le restan de vida (¿tendría la fortaleza suficiente para afrontarlos?) y considera su soledad desde esta nueva perspectiva. Entonces, temerosa de perder la comunicación, se aferra al teléfono y lo vuelve a levantar.
- Está bien –dice al fin-, espérame –y cuelga.
Se dirige al cuarto de baño, se arregla, ata sus grises cabellos en una coleta. Cambia sus ropas, se pone su mejor vestido y su mejor par de zapatos, esos que sólo usa los domingos; con un abrigo encima vuela escalera abajo.
Al llegar a la puerta de entrada, una voz intenta detenerla:
- ¿A dónde vas, Luisa? Ya es algo tarde, ¿no crees?
- No del todo… -responde.
Abre la puerta y se pierde en la noche.
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